Un
pulso es una perturbación de corta duración generada en el estado
natural de un punto de un medio material que se transmite por dicho
medio. Podemos producir un pulso, por ejemplo, realizando una rápida
sacudida en el extremo de un muelle o de una cuerda, lanzando una piedra
al agua de un estanque, dando un golpe a una mesa o produciendo una
detonación en el aire.
En
esta experiencia las vibraciones tienen lugar en la misma dirección en
la que se propagan y decimos que se trata de un pulso de onda
longitudinal.
Un
ejemplo de onda longitudinal es el sonido. Se pueden producir pulsos
sonoros golpeando un objeto sólido. El objeto vibra y empuja al aire que
lo rodea produciéndole una compresión que se traslada a una velocidad
de unos 340 m/s. La propagación es longitudinal porque el aire es una
disolución gaseosa sin fuerzas de cohesión entre sus moléculas. Por
ello, la perturbación únicamente se propaga en la dirección en la que
unas moléculas "chocan" con sus vecinas.
Otra
forma de generar un pulso para que viaje por el muelle se muestra en el
clip de vídeo adjunto. Ahora la alumna estira unos pocos anillos del
muelle en dirección perpendicular a él, y los suelta de golpe. Se forma
una cresta o protuberancia que avanza a lo largo del muelle, e, igual
que ocurre en la experiencia anterior, se refleja en el otro extremo
para volver en sentido contrario.
En
este caso, las vibraciones tienen lugar en una dirección perpendicular a
la de propagación y decimos que se trata de un pulso de onda
transversal.
Un
ejemplo de ondas transversales son las que se producen en la superficie
de un lago o de un estanque. Entre las moléculas del agua se ejercen
fuerzas intermoleculares de cohesión y la vibración vertical producida
en un punto del agua se traslada por la superficie (horizontalmente) en
todas las direcciones. La velocidad a la que se propagan las olas
depende de la elasticidad del agua, determinada a su vez por propiedades
como su composición, densidad.
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